La gran aventura de comer y cenar cara a cara

Fue hace ya unos cinco años cuando mi mujer y yo nos dimos cuenta de que, como en la mayoría de las casas –creo–, nos habíamos adjudicado un sitio fijo en la mesa para cada uno. En cada desayuno, comida y cena, ella tenía su sitio y yo el mío, y raramente nos sentábamos en uno distinto. No deja de ser curioso cuánto nos gusta tener un emplazamiento fijo, aunque sea en nuestra propia casa, en nuestra propia mesa. Supongo que inconscientemente nos debe dar seguridad.

La gran aventura empezó en una cena. Entre semana suelo llegar tarde a casa, sobre las 21:10. Nos vamos a dormir pronto porque madrugamos bastante, así que generalmente cenamos en cuanto llego a casa para que nos dé tiempo a haber avanzado la digestión a la hora de acostarnos. Cuando llego la mesa acostumbra a estar puesta y mi mujer va ultimando la cena mientras yo me pongo cómodo.

Volviendo a ese sitio fijo, personal e intransferible de cada uno… Hasta aquel día comíamos y cenábamos uno al lado del otro. La explicación era simple y, pensándolo bien, algo absurda. Al colocarnos así el televisor nos quedaba de frente a los dos. O sea que la posición del televisor condicionaba nuestra posición –con nuestro consentimiento, inconsciente. Durante la cena, mirábamos el final del telediario, para después seguir en el sofá uno al lado del otro, otra vez, pasmados delante de la tele viendo algún programa de entretenimiento previo a la batería de series, películas viejas y realities que ocupaban la parrilla nocturna. Una horita más tarde tocaba cepillarse los dientes, y a dormir.

Meditando acerca de aquel ritual nos preguntamos “¿Queremos una vida así?”. Y nos dimos cuenta de que necesitábamos un doble cambio. El primero tiene que ver directamente con el televisor. Hoy no quiero centrarme en él, aunque quizás era el origen del problema. El caso es que no podía ser que un objeto inútil, tanto cuando estaba apagado como la mayoría del tiempo que estaba encendido, condicionara nuestros hábitos, nuestro comportamiento, nuestra convivencia. Así que decidimos vivir sin él. Algún día ya explicaré cómo.

Pero quiero centrarme en el segundo cambio, nuestra posición en la mesa. Al dejar de ver la tele por la noche ya nadie requería mi atención, excepto mi mujer, y ya nadie requería su atención, excepto yo. El cambio estaba cantado. No necesitábamos estar el uno al lado del otro. ¿Por qué no sentarnos uno frente al otro?

Rápidamente decidimos cambiar nuestro sitio.

Al principio costó un poco. No debemos olvidar que intentábamos cambiar un hábito, algo que llevábamos mucho tiempo haciendo, algo automático.

Además, por aquello de no ser “radicales”, como les gusta a muchos llamar a lo que simplemente es diferente, no tiramos la tele a la basura de un día para otro. Sencillamente decidimos no verla.

Pero claro, a veces a uno de los dos se le escapaba encenderla. Entonces, por inercia, nos colocábamos como al principio, los dos enfrente del televisor. Intentar hacer algo dándole la espalda a un televisor encendido es realmente difícil. Es como si alguien te estuviera dando palmaditas en la espalda para llamar tu atención constantemente. Ahora mismo me estreso sólo de pensarlo. ¿Lo habéis intentado alguna vez? Parece imposible concentrarse. Siempre acabas medio girado. Vuelves al frente. Vuelves a girarte. Acabas por mover la silla –en el peor de los casos– o por apagarla –en el mejor.

Otras veces, aún viciados por el viejo hábito y la automatización, uno de los dos colocaba los platos como lo hacíamos antes. Entonces, uno se daba cuenta y hacía el “esfuerzo” –uff– de cambiar los platos de sitio.

Y así, después de unos cuantos días y unas cuantas semanas, no sólo conseguimos cenar uno delante del otro, sino que además, por inercia, acabamos desayunando y comiendo así, siempre que coincidiéramos.

Ahora, y desde hace ya tantos años, además de que ya no hay televisor con el que distraerse, el movimiento sale sólo. Nadie tiene que pensar, nadie tiene que caer. Logramos cambiar un hábito –sí, se puede.

Bueno, en realidad no sólo cambiamos eso. Cambiaron más cosas, y todas a mejor:

· Nos miramos más. Cuando miramos al frente vemos algo que realmente nos importa, y ofrecemos al de enfrente algo que verdaderamente necesita: nuestra atención.

· Hablamos más. Uno habla, el otro escucha y viceversa. Antes nos explicábamos fugazmente cómo nos había ido el día o algún cotilleo familiar. Si la conversación iba a más, alguna noticia –catástrofes, la crisis, un hombre insultando a otro, un fuera de juego, la previsión del tiempo– nos interrumpía y la conversación se quedaba en el típico “ya, sí, es como todo”.

· Compartimos más. Hacemos más platos para compartir. Podemos poner algún plato entre los dos e ir picando. Una ensalada, una sartenada, etc. Estando uno al lado del otro es más incómodo, pero ahora es algo que aún estimula más nuestra intercomunicación. Intentas pisparle el último bocado al otro y empiezas una serie de juegos y bromas, piensas más en el otro cuando ves el trozo de tomate más jugoso y decides dejárselo a él…

· Nos tocamos más. Podemos cogernos la mano mientras cenamos si tenemos ganas de calma, o tocarnos los pies si tenemos ganas de juerga.

Sin ninguna duda, con aquella toma de conciencia y decisión salimos ganando. Nuevamente, un pequeño cambio de hábitos puede convertirse en un gran cambio en tu vida.

Yo invito a probarlo. Con la pareja, con los hijos o con los compañeros de piso. Incluso con una vecina si vives sólo; invítala a cenar. Sentaos unos frente a otros. Apagad la tele y miraros a los ojos mientras habláis, hacéis bromas, reís y coméis.

Uno de los principios de una vida sencilla y el hacer sin hacer es la experimentación y la aceptación de la posibilidad de fracaso. Se puede intentar durante un par de semanas. Si la vida va a peor, se vuelve al punto inicial; no es tan grave. Si va a mejor, habrás dado un salto cualitativo en tu vida y habrán sido las dos primeras semanas de otras muchas que tienen que llegar en una vida realmente comunicativa, auténtica, una vida sencilla.

 

O no.

Rober Sánchez

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