El día que te das cuenta de que eres adicto a un montón de cosas

Te lo cuento porque también me ha pasado a mí, que no soy ni gurú ni perfecto.

Tarde o temprano llega ese día, el día que te das cuenta de que eres adicto…

A la Coca-Cola. Al chocolate. A las chuches. Al pan. A la bollería. Al café.

Al tabaco. A la cerveza. A los porros. A los ansiolíticos.

A Facebook. A Youtube. Al porno. A Wikipedia. A Twitter. A los blogs. A Whatsapp.

A las series. A los telediarios. A los juegos. A los concursos. A la prensa. Al fútbol.

No sabes cómo ni por qué.

Por un lado no puedes vivir sin ello. Estás atrapado. Eres incapaz de pasar ni un solo día sin consumir cualquiera de estas drogas, varias veces al día, y tu bienestar depende de ello. ¿Que no? Intenta prescindir de una de ellas un solo día.

Y por otro lado recurres a ellas siempre que pasas por un mal momento, aunque sea muy breve –así que, mejor dicho, un mal instante. Estás aburrido, o desmotivado, o preocupado, o nervioso, o te sientes solo, o cansado, o tienes que hacer algo que no quieres hacer, o tienes que hacer algo que requiere de un mínimo esfuerzo. Da igual, sea lo que sea, algo te lleva a buscar eso que tanto deseas y que te va a recompensar inmediatamente, o al menos a despistarte un ratito.

Un día te das cuenta. Darse cuenta de verdad, de ser consciente, de ver la foto con perspectiva.

Con ese darse cuenta llegan, como mínimo, otros dos.

Primero, también te das cuenta de que eres el resultado de un complejísimo entramado de historias que no van contigo, que no has podido elegir, al menos conscientemente. Dónde y cuándo naciste, quién te crió, cómo te educaron, qué viste día tras día en televisión, qué te repitieron cada curso en la escuela y la universidad, quién te rodeaba e influenciaba –amigos, familiares, compañeros, y todos sus contextos correspondientes–, etc., y sobre todo cómo te has ido adaptando a todo este jaleo. No has tenido ni voz ni voto en casi nada de eso, y todo eso es lo que te ha formado como persona tal como eres hoy.

Y segundo, consecuencia de lo primero, también te das cuenta de que redirigir la situación, cambiar de rumbo, no va a ser tarea fácil, algo que hacer en un par de días. De hecho, no estaría de más preguntarse de dónde ha salido esa manía de tener que cambiar de estilo de vida, o de forma de ser, apunto. ¿Nadie quiere ser como ya es?

De cualquier manera, te enfrentas a una fuerte corriente inconsciente, omnipresente y omnipotente, individual –que está en tu interior– y colectiva –que refuerzan tu cultura y sociedad. Y lo haces tú solito, con tu conciencia intermitente y tu voluntad limitada.

Desde el día en que te das cuenta de que eres adicto a un montón de cosas poco a poco también te das cuenta de que no tienes la culpa de ser como eres –o deberías darte cuenta de una vez por todas y pasar ya de todos esos eslóganes estúpidos tipo “tu vida es el resultado de tus pensamientos y tus decisiones”.

Y el día que te das cuenta de que eres adicto a un montón de cosas y que no tienes la culpa también te das cuenta de que más te vale aceptarlo, más que rechazarlo, porque, de lo contrario, sufrirás muchísimo. ¿Cómo vas a luchar contra algo mucho más grande que tú?

Entonces, darte cuenta de todo esto no está nada mal, ¿verdad? En realidad, es un alivio. Yo soy así… No es culpa mía…

No todo es tan bonito. Wait a minute.

El día que te das cuenta de que eres adicto a un montón de cosas también te das cuenta de que, justo a partir de ese día, culpable no serás, pero sí serás responsable de lo que haces, porque lo harás dándote cuenta.

Menudo marrón.

 

O no.

Rober Sánchez

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